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El olivo viaja al Ártico: semillas en Svalbard para proteger el futuro gastronómico del aceite de oliva

El olivo, símbolo milenario de la dieta mediterránea y pilar esencial de la gastronomía agroalimentaria, acaba de dar un paso histórico. Más de 900 semillas procedentes de los cinco continentes han sido depositadas en la Bóveda Global de Semillas de Svalbard (Noruega), el mayor banco mundial de conservación vegetal. El gesto no es simbólico: es una estrategia clave frente al cambio climático, las nuevas plagas y la creciente demanda mundial de aceite de oliva.

Biodiversidad para proteger el sabor y la producción

El depósito ha sido impulsado por el Consejo Oleícola Internacional (COI) en colaboración con la FAO y el Ministerio de Agricultura de España, dentro del marco del Tratado Internacional sobre los Recursos Fitogenéticos para la Alimentación y la Agricultura (TIRFAA). La iniciativa reconoce el valor estratégico de la Colección Internacional de Germoplasma de Olivo de Córdoba, una de las más completas del planeta.

La decisión se aceleró tras la crisis provocada por la xylella fastidiosa en 2018, que devastó millones de olivos en Apulia (Italia). Aquella alarma evidenció que la diversidad genética no es un lujo científico, sino una garantía productiva y gastronómica.

Cada variedad de olivo aporta matices distintos de aroma, intensidad y perfil sensorial. Conservar semillas no solo significa proteger árboles; significa preservar aceites con personalidad propia, identidades territoriales y culturas culinarias.

Cambio climático y nuevas plantaciones

El olivar se enfrenta a desafíos inéditos. Las olas de calor primaverales, las sequías prolongadas y las alteraciones del ciclo vegetativo afectan directamente a la floración y al rendimiento. Algunas variedades muestran mayor resistencia que otras, lo que obliga a repensar futuras plantaciones.

La necesidad de conservar los recursos fitogenéticos del olivo surgió a raíz de la plaga de xylella fastidiosa detectada en 2018 en la región de Apulia (sur de Italia) que afectó a millones de olivos, explica el español Jaime Lillo en la sede del COI, en Madrid.

“En aquel momento hubo un momento de gran alarma” y por eso “queremos dar las máximas garantías” con este depósito en Svalbard, el gran banco de semillas global, una especie de guardián de la biodiversidad vegetal del planeta, “el mayor grado de seguridad que podemos dar para la conservación de estas semillas” nos comenta Jaime Lillo, director ejecutivo del Consejo Oleícola Internacional (COI).

La agricultura moderna, centrada en la mecanización y la eficiencia, ha tendido a concentrarse en pocas variedades comerciales. Esto ha generado un proceso de erosión genética que aumenta la vulnerabilidad ante plagas y enfermedades. Recuperar cultivares tradicionales puede ser determinante para garantizar estabilidad productiva y calidad gastronómica.

Un mercado en expansión global

El olivo ya no es exclusivamente mediterráneo. Argentina, Chile, Uruguay, Australia, Estados Unidos (California), China o Japón han incrementado su superficie de cultivo en respuesta a una demanda creciente. Tras la pandemia, el consumo mundial de aceite de oliva se ha consolidado como tendencia sostenida.

La campaña 2024-2025 ha alcanzado un récord histórico con 3,57 millones de toneladas, frente a los 1,5 millones de hace 25 años. El mercado absorbe la producción, reflejo del posicionamiento del aceite de oliva como producto saludable, premium y estratégico en la alimentación global.

España lidera el volumen mundial, mientras Italia mantiene su prestigio en comercialización y posicionamiento de marca, a pesar de la reducción productiva tras la xylella.

Una decisión estratégica con respaldo institucional

El acuerdo firmado en 2024 entre la FAO, el COI y el Ministerio de Agricultura español reconoce oficialmente la colección de Córdoba como patrimonio fitogenético dentro del sistema global del TIRFAA. Este respaldo institucional garantiza la conservación a largo plazo en Svalbard, considerada el máximo nivel de seguridad en biodiversidad agrícola.

La conservación genética del olivo no es solo una cuestión científica. Es una inversión en sostenibilidad, en cultura gastronómica y en estabilidad agroalimentaria. Proteger estas semillas es proteger el futuro del aceite de oliva, uno de los grandes pilares culinarios del mundo.

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