La alimentación se ha convertido en uno de los grandes campos de batalla de la sostenibilidad. Cada vez más consumidores buscan productos que garanticen respeto por el medio ambiente, bienestar animal o producción responsable. Sin embargo, esa preocupación creciente ha traído consigo un fenómeno que empieza a generar dudas en el propio sector: la proliferación de sellos y certificaciones alimentarias.
En España, el consumidor se encuentra hoy ante una auténtica jungla de etiquetas. En los lineales conviven distintivos como ecológico, producción integrada, denominación de origen, indicación geográfica protegida, bienestar animal, kilómetro cero, productos de proximidad o agricultura regenerativa. Cada uno promete aportar información sobre el origen o la calidad del alimento, pero en muchos casos terminan generando más confusión que claridad.
A este escenario podría sumarse próximamente una nueva certificación impulsada por la Generalitat de Catalunya: el sello de Producción Agraria Sostenible (PAS).
El objetivo de esta certificación pública y voluntaria es identificar aquellos alimentos procedentes de explotaciones que aplican prácticas agrarias con menor impacto ambiental y social. Para ello, la futura normativa evaluará distintos indicadores relacionados con el uso de fertilizantes, la aplicación de fitosanitarios, el consumo de agua o la eficiencia energética de las explotaciones.
El sistema clasificaría las explotaciones en tres niveles de sostenibilidad: A, B y C. Solo los productos que obtengan la categoría A, considerada la de mayor sostenibilidad, podrán mostrar la etiqueta al consumidor.
Según la administración, esta certificación permitiría a agricultores y ganaderos conocer el grado de sostenibilidad de sus explotaciones y mejorar progresivamente sus prácticas productivas.
Sin embargo, el proyecto ha provocado un fuerte rechazo en el sector de la producción ecológica.
El temor a una mayor confusión
La agricultura ecológica cuenta con una normativa europea consolidada desde 1993 y con sistemas de control muy estrictos. En Catalunya, estas auditorías las realiza el Consell Català de la Producció Agrària Ecològica (CCPAE), organismo encargado de certificar que los productores cumplen los requisitos establecidos por la legislación europea.
Los alimentos ecológicos se caracterizan por prescindir de pesticidas químicos, fertilizantes sintéticos y organismos modificados genéticamente. Además, respetan los ciclos naturales del suelo y fomentan la rotación de cultivos.
Desde el sector ecológico no se oponen a que se impulsen prácticas agrícolas más sostenibles. El problema, señalan, es que un producto cultivado con pesticidas o fertilizantes químicos —aunque sea en menor cantidad— pueda presentarse al consumidor bajo la etiqueta de “sostenible”.
En un contexto donde ya existen términos como ecológico, regenerativo, de proximidad, agricultura integrada, kilómetro cero, biodinámico etc..la aparición de un nuevo sello podría aumentar todavía más la confusión del consumidor además con conceptos como la sostenibilidad social y que sin ser explicados llevan a la confusión.
El problema de la burocracia para el pequeño productor
Más allá del debate sobre los conceptos, existe otro problema de fondo: la carga burocrática.
Cada certificación implica auditorías, controles técnicos, inspecciones periódicas y documentación administrativa. Para las grandes empresas agroalimentarias estos procesos forman parte de su estructura habitual de gestión.
Pero para los pequeños agricultores y ganaderos, la situación es muy diferente.
Las explotaciones familiares suelen tener recursos limitados y dedicar tiempo a la gestión de certificaciones puede convertirse en un obstáculo importante. Muchos productores se enfrentan a formularios, auditorías y costes que reducen su competitividad frente a empresas con mayor capacidad administrativa.
El resultado es una paradoja: mientras se multiplican las certificaciones que buscan garantizar la sostenibilidad, algunos pequeños productores encuentran cada vez más dificultades para acceder a ellas.
Un momento delicado para el sector ecológico
Este debate llega además en un momento complejo para la producción ecológica donde además la crisis de la agricultura y la ganadería y el problema del relevo generacional es realmente importante.
Durante dos décadas el sector creció de forma sostenida, con incrementos anuales cercanos al 13% entre 2001 y 2021. Sin embargo, en los últimos años ese crecimiento se ha ralentizado. El número de operadores aumentó solo un 2% en 2022 y un 5% en 2023, mientras que en 2024 algunos subsectores incluso han registrado descensos.
Diversas organizaciones del sector consideran que, en lugar de crear nuevas etiquetas, sería más eficaz reforzar el apoyo institucional a la producción ecológica y fomentar el consumo mediante políticas públicas de compra verde y un soporte claro al productor.
Claridad para el consumidor
La cuestión de fondo es sencilla: el consumidor necesita información clara y comprensible.
Cuando demasiados sellos compiten en el mismo espacio, el riesgo es que el mensaje pierda valor. Y cuando eso ocurre, no solo se genera desconfianza en el consumidor, sino que también se debilita el esfuerzo de aquellos productores que realmente apuestan por modelos agrícolas más responsables.
La sostenibilidad es uno de los grandes retos del sistema alimentario. Pero para que ese concepto tenga credibilidad, también debe ir acompañado de claridad, transparencia y simplicidad en las etiquetas que llegan al consumidor.




