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Opinión

Hace poco conversaba con uno de los mejores gastrónomos y gourmets que conozco, además de una persona inteligente y sensible me provocó la reflexión. La conversación giraba sobre la importancia de las emociones en la degustación de cualquier producto. Aunque hablábamos básicamente sobre producto gourmet, premium o de excelencia seguro que lo podemos trasladar a cualquier producto.

El fraude alimentario es una cosa más corriente de lo que creemos, no descubrimos nada al decirlo. Quizá se debería distinguir entre los fraudes propiamente dichos de las picarescas y engaños “menores”. También de las normativas legales que permiten a algún sector aprovecharse de la fama o nomenclaturas que confunden al consumidor nacional o internacional. Estas son difíciles de entender. Debemos reconocer que esto pasa , en mayor o menor medida, en muchos lugares del mundo. Por supuesto, la seriedad depende, en gran parte el prestigio y la marca del país.

El reclamo de la leche es injusto e innecesario. Algunos consumidores no se dan cuenta. Quizás lo no lo valora. Lo cierto es que muchas cadenas de distribución utilizan productos reclamo como promoción. Esta vieja estrategia  esta afectando actualmente de forma muy dura a muchos productores. En este caso el que ya esta llegando a un punto insostenible es el sector lácteo. Todo ello pone en riesgo esta actividad ganadera que lleva mucho años en reconversión, con ajustes de costes y mejoras de rentabilidad y que ahora ha tocado fondo.

Ha estallado la polémica por las declaraciones del ministro de consumo de España Alberto Garzón sobre el consumo de carne. En ellas insta a los españoles a reducirlo y a volver a una dieta más mediterránea. En realidad las declaraciones no aportan mucho ya que estas recomendaciones las viene haciendo la OMS desde hace algunos años y están en la agenda 2050 del actual gobierno español.

España y Portugal tienen millones de defensores del cerdo ibérico, de una genuina raza vinculada a la península. En realidad, casi cada uno de sus habitantes podría cumplir con esa afirmación. Con el orgullo patrimonial que representa contar con un animal milenario, poco evolucionado. Un animal que nos aporta un producto único de excelsa calidad, que forma parte de la saludable dieta mediterránea y que nos obliga a erigirnos en sus más firmes embajadores y valedores. Pero ¿realmente lo estamos protegiendo?