Peladillas: ¿las recuerdas? ¿a dónde han ido?

Las peladillas, por desgracia, cada día se ven menos. Ahora que estamos en unas fechas tan señaladas como las navideñas nos gustaría homenajear este dulce. Imprescindible hace unas décadas en las cenas familiares, cada año se torna más infrecuente. Por ello es que haremos un repaso a su historia y a las posibles causas de su declive. Prepárate porque la nostalgia está a punto de invadirte.

¿Pero qué son?

El concepto es muy sencillo. Se trata de almendras recubiertas por varias capas de azúcar mediante un proceso de confitado, lo que les da un color muy blanco. Llaman la atención por su textura crujiente y su sabor dulce. Además, es un alimento curioso pues se solía ver solo en grandes acontecimientos familiares. Varios ejemplos de estos pueden ser cenas de Nochevieja, comuniones, bodas… Nadie compraba peladillas antes de reunirse con unos amigos. Menos para comérselas en su casa sin compañía alguna. Eran más bien un pequeño regalo para los invitados a esas citas, minimalista pero con cierto valor gourmet.

Cuenco con peladillas

Cuenco con peladillas / Fuente: @Fndz99

El origen de las peladillas

Si bien estas se popularizan en España a finales del siglo XIX, ya existían de antes. Se tiene constancia de que su germen radica en la antigua Roma, donde se recubrían con miel los frutos secos. Hablamos de manjares muy preciados. En la Edad Media, en cambio, empezaron a mezclarse azúcar y miel. Era una delicatessen propia de la corte elaborada por los apotecarios, el precedente de los farmacéuticos.

En España se comenzaron a preparar en el siglo XV bajo el nombre de «confites de almendras». Sin embargo, empiezan a tomar la forma que conocemos en el siguiente siglo. Pasaron de ser rugosas como el praliné a ser lisas y pulidas. En aquel momento arrasan en Francia e Italia de la mano de las casas Braquier y Bequino. No obstante, no se fabricarían de manera industrial hasta el siglo XIX. En este se inventó la «turbine à dragée», un bombo a vapor capaz de producir toneladas de ellas.

Es la revolución industrial la que permite su llegada a España. En 1886 comienza su auge industrial ya que antes solo las elaboraban artesanos. La nueva industria escogió precisamente un lugar donde las almendras son endulzadas con motivo de las fiestas: Valencia. Es en el ya mencionado año cuando abre la primera fábrica en la localidad valenciana de Casinos. El matrimonio de Manuel Jarrín y Carmen Murgui fueron los que dieron vida al proyecto. El primero aprendió la preparación tradicional de las peladillas de un artesano de avanzada edad. Posteriormente heredó todos los utensilios para la industria de su adinerado suegro.

Bolsitas de peladillas

Bolsitas de peladillas / Fuente: @hombrerevenido

¿Dónde están ahora?

Muchos asociarán con nostalgia su sabor con la presencia de sus seres queridos. Posiblemente algunos de ellos ya no estén aquí. A pesar de todo las peladillas no han desaparecido por completo. Sus ventas, muy debilitadas, tienen dos temporadas fuertes. Una va de septiembre a diciembre, pues son típicas navideñas. La otra es la primavera: época de bodas, bautizos y comuniones.

La parte sombría es el trágico declive de este delicioso alimento, que es innegable. Cada vez se las ve menos por nuestros grandes encuentros familiares. Tampoco se dejan caer tanto por los estantes de las grandes superficies como antes. Obviamente habrá influido la crisis económica. Esta obligó a multitud de familias a prescindir de las peladillas, pues no es el dulce más barato precisamente. Tuvieron que optar por otras opciones más económicas.

Feria de dulces de Casinos

Feria del dulce artesanal en Casinos (Valencia) / Fuente: @c-valenciana

Hay quienes barajan, además, la posibilidad de que el descenso en su consumo provenga del auge de la alimentación saludable. Cada vez crece en mayor medida la proporción de los consumidores que lee las etiquetas de los productos que compra. Quizá este factor puede tener algo que ver, ya que el azúcar está en el punto de mira. Nuestra sociedad consume demasiada y esto es una realidad. De su abuso deriva el aumento en casos de diabetes, obesidad infantil, trastornos hepáticos… Además, crea adicción, lo que agrava sus consecuencias.

Peladillas en la cultura gitana

Curiosamente, un ámbito donde aún no se aprecia un descenso es en la cultura gitana. Es típico que las familias de los novios compren buenas cantidades de peladillas para tirárselas a los recién casados como si de arroz se tratara. Obviamente, al comprar cantidades muy grandes, la calidad de estas desciende. No obstante, son muy valoradas como símbolo de pureza y virginidad por su color, blanco como el del vestido. También se encuentran presentes en otros acontecimientos como pedidas y el ritual de comprobar la virginidad de la novia.

Lo que sí que ha descendido es el número de bodas gitanas debido al elevado coste de la ceremonia. Por lo menos estas aún preservan componente ritual. Esperemos que haya esfuerzos por parte del mercado para relanzar este producto de nuevo. En este país hay talento de sobra para encontrar soluciones. Quizás estas pasen por fabricarlas con estevia en lugar de azúcar o de encontrar alguna forma de reducir su contenido en glucosa. Un marketing adecuado podría hacer que nos evoquen la calidez del hogar. Lo que está claro es que son (o eran) parte de nuestra cultura religiosa y navideña.

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